La tormenta del cuadro y una lluvia sin luna



En la pared había un cuadro sin cuadro. Sólo el marco, y por detrás el ladrillo de una pared.

Recuerdo haberle preguntado, en ese momento, a quién me acompañaba en un almuerzo, que veía o imaginaba en el lugar del cuadro faltante. Su respuesta no habrá sido interesante porque ni me acuerdo, pero sí no puedo olvidarme lo que yo dije:

“Veo un paisaje hermoso, un verde prado, con montañas al fondo; pero por detrás de ellas una tormenta que avanza”.

Mi compañero de almuerzos por aquellos días no lo entendió y creo que se rió…o no, no importa eso.

Yo nunca lo olvidé.

El torbellino no iba hacerse esperar. Llegó, revolvió, mareó, confundió, y arruinó el paisaje hermoso. Oscureció aún más la noche, los destellos de los relámpagos desplazaron a las estrellas, y las nubes bajaron hasta mi cabeza y a la luna ocultaron.

El agua de lluvia pronto comenzó a caer de esas nubes, de los ojos, de la luna. 

En la oscuridad creía poder ver, pero tropiezo a tropiezo supe que no iba a poder. A los pozos no los esquivaba, en todos ellos caí pero igual continué. Siempre he creído en ese maldito dicho de que siempre que llovió paró. Y sí que paró, en el mismo instante que entre lágrimas una falsa fortaleza me engaño.

¿Saben que? Seguí, siempre seguí.

En el personaje que inventé en mis escritos me refugié. Con las paredes creía haberme amigado, pero ellas fueron más duras cada vez. Un día al despertarme estaba en un pozo, a esta altura no sé si me caí el día anterior o si siempre estuve allí, o si a todo el camino lo inventé.

En el aún estoy. Si logro salir quizás vuelva a ver ese cuadro de sólo un marco, pero no se si veré lo mismo, lo seguro es que antes a la luna buscaré, y con ella en el verde paisaje para siempre me quedaré.




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